La sala principal de la mansión Morel, con sus paredes tapizadas en terciopelo vino y sus arañas de cristal vienés, no parecía un lugar de duelo.
No había flores frescas. Ni velas encendidas. Solo amargura, Y whisky.
La noticia de la supuesta muerte de Isadora había dado la vuelta al país hacía meses. Pero para sus padres adoptivos, Ernesto y Eugenia Morel, aquello no era una tragedia. Era un alivio.
—Finalmente. Se acabó el espectáculo —murmuró Eugenia, mientras removía con una cucharilla e