Oscuridad.
No la misma del Subsuelo.
Esta era más densa, más suave. Más… cálida.
Isadora flotaba en un limbo entre el sueño y la muerte. El cuerpo le dolía como si hubiera sido golpeada por un tren, pero había algo que lo hacía distinto: no era dolor de tortura, era dolor de sobreviviente.
Escuchó un pitido tenue. Algo parecido a una máquina de hospital. El olor a yodo y a ropa limpia le confirmó que no estaba en una celda. Ni en una ambulancia. Ni en la morgue.
Estaba viva. Y alguien la