La madrugada cayó como un manto de luto sobre Santa Lucía. Desde su celda sin nombre, Isadora sentía que el aire se volvía más espeso, como si la prisión misma presintiera que algo estaba por estallar.
No dormía.
No podía.
Las palabras de Silvana seguían repitiéndose en su cabeza: “No despertarás.”
Sabía lo que eso significaba. La jeringa. El apagón médico. El informe falso.
Silvana había decidido matarla… oficialmente por “colapso mental y suicidio inducido”.
Y lo haría pronto.
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