La nueva celda era más pequeña que la anterior.
Más fría. Más sucia. Más lejos de todo lo que representaba familiaridad dentro de Santa Lucía.
La cama tenía los muelles expuestos, el lavamanos goteaba sin cesar, y la ventana era solo una rendija alta cubierta con una reja oxidada. Pero Isadora no se quejó. Sabía que ese traslado no era un castigo, sino un intento de aislamiento.
Silvana estaba jugando su siguiente carta.
Alejarla.
Romper su red.
Romper su espíritu.
Pero Isadora ya