El amanecer se arrastró como una serpiente entre las grietas del concreto. La humedad pegajosa del pabellón se mezclaba con el olor a metal oxidado, sudor viejo y promesas rotas. Isadora despertó con los dedos fríos, el cuerpo dolorido y la mente encendida. Había pasado otra noche escribiendo en su cuaderno escondido, trazando mapas de estrategias, recopilando rostros, nombres, horarios.
Pero esa mañana, todo cambió.
Una voz nueva retumbó por los altavoces:
—Traslado de celda autorizado.