El frío se había adherido a su piel como una segunda capa. Ya no lo sentía con la misma violencia que al principio, pero estaba ahí. Como un susurro constante que le recordaba dónde estaba… y por qué.
Isadora llevaba tres días de regreso en su celda del pabellón B.
Había salido del aislamiento más flaca, con las ojeras hundidas y la mirada afilada. Las otras reclusas notaron el cambio, pero ninguna se atrevió a preguntarle qué había pasado. Ni siquiera Nala.
Porque la respuesta no estaba