El aire en Santa Lucía estaba más denso.
Más espeso.
Como si el propio edificio supiera lo que se avecinaba.
Isadora lo sintió en la forma en que la guardia del turno nocturno ya no la miraba a los ojos. En cómo Nala la observaba con una mezcla de tensión y respeto. En el silencio incómodo del pabellón B. Algo iba a pasar. Y todos lo sabían. Todos… excepto ella.
El infierno no siempre comienza con fuego.
A veces, empieza con una bandeja de comida servida con una sonrisa falsa.
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