El sonido de los barrotes cerrándose a sus espaldas fue más aterrador que cualquier grito. Era un sonido seco, metálico, definitivo. Como si el mundo acabara en ese punto exacto.
Isadora respiró hondo mientras las luces parpadeantes del pasillo dejaban ver los rostros indiferentes de los custodios. Nadie la miraba con compasión. Nadie la acompañó. La lanzaron a su nueva celda como a una cosa, un número más en los registros.
—43-B. Bienvenida a tu verdadero hogar —gruñó una de las guardias a