El sol entró por las rendijas de madera de la cabaña, iluminando los rostros aún adormecidos. Los ancianos se levantaron temprano para preparar pan caliente y café, mientras el séquito de Isadora comentaba con entusiasmo lo ocurrido en la cueva la noche anterior.
Nala, incapaz de contener la emoción, se lo contaba una y otra vez a la abuela:
—¡Se arrodilló, con un anillo precioso! ¡Y ella dijo que sí! Fue como un sueño, un momento mágico en medio del bosque.
La anciana reía, secándose las l