El amanecer encontró a Diego de pie junto a la ventana del hospital, mirando hacia la torre corporativa de Cortés Hotels que se alzaba imponente contra el cielo gris de la ciudad. Su reflejo en el vidrio mostraba a un hombre que no había dormido en más de treinta y seis horas consecutivas, con ojeras tan profundas que parecían hematomas permanentes bajo sus ojos inyectados de sangre.
—Tienes que ir. —La voz de Valentina llegó suave desde la puerta de la habitación compartida donde Ricky y Lucía