Zahar…
La decisión fue un susurro entre el caos.
Milo me miró solo una vez antes de que todo comenzara a moverse como piezas de un ajedrez prohibido. Nadie supo que, mientras se preparaban armas, mochilas tácticas y mapas, y yo ya había empacado mi silencio. Un chaleco prestado, botas militares que no eran mías, una pistola que pesaba más por lo que significaba que por su acero.
Por la tarde Milo apareció en mi habitación sin una palabra. Me dejó un paquete sobre la cama y ya sabía que estaba a