Kereem…
Podía ver sus ojos agrandados, y sobre todo sorprendidos. Pero estaba seguro de que si seguía mi instinto, llegaría un punto sin retorno, y eso es lo que Sanem y yo teníamos.
Algo que no podía volver a ser de ninguna manera.
Mis ojos debían estar en todas partes, y ya no era una opción confiar.
—¿Qué quieres decir? —le sonreí.
—Si es mi hijo, es mi hijo. Punto. No tiene discusión.
Noté cómo su rostro se iluminó, como si el peso de sus preocupaciones se hubiera desvanecido. La sensación