Kereem volvió a aspirar el puro mientras toqueteaba su mesa de roble con impaciencia.
Las imágenes de su cabeza estaban acabando con él, porque, aunque hace unas horas Zahar estaba gimiendo encima de este escritorio, ahora mismo tenía una fuerte erección de solo recordarla.
Asad entró pidiendo permiso, y él se giró en la silla para aceptar un teléfono nuevo.
—La señora Sanem está histérica, ha llamado a casi toda la familia.
Kereem asintió pidiéndole a Asad que se quedara, pero antes marcó su n