Zahar…
Lo único que podía procesar mi mente ahora era que, sí, podía sentir los fluidos de Kereem entre mis piernas mientras caminaba, y en vez de darme vergüenza, solo me entusiasmaban más.
No tardé en llegar a la oficina de Víctor cuando di los toques, y su voz áspera me alertó un poco.
—Adelante.
—Disculpa si interrumpo —me asomé y lo vi con el teléfono en su oreja y negó para decir algo por lo bajo.
—No, entra, ya estaba terminando.
Di un asentimiento, pero no me senté.
—Siento decirte que