Las sensaciones se intensificaban, el ardor en su pelvis se hacía más fuerte, y entonces su cuerpo se sacudió y se lanzó al orgasmo. Gritaba y temblaba al recibir las indescriptibles y intensas oleadas de placer que la devoraban. Durante uno o dos minutos permaneció tumbada, con la piel caliente y húmeda por el sudor, acunada en la calidez de su abrazo.
«Valió la pena la espera, cariño», declaró Leo, apartándole suavemente el cabello de la cara sonrojada con los dedos.
Abrió los ojos y se conce