—Siente lo que me haces, Suzy —susurró Leo, con una mano en su cadera apretándola contra él para que sintiera la urgencia de su erección incluso a través de la ropa—. Te deseo tanto que me duele contenerme.
—No te contengas, ¿por qué deberías hacerlo? —interrumpió Susan con impotencia, disfrutando de cómo él se estremecía contra ella con una excitación que no podía ocultar ni negar, pues al menos en ese aspecto parecían ser iguales.
Sus ojos brillantes tenían el brillo cristalino de los diamant