—Ay, pobrecita —dijo Susan con sarcasmo—. Mientras tanto, soy yo la que está acorralada por los detectives y mi vida se está desmoronando. No entiendes cómo me siento, Leo.
—Claro que no. No soy tan emocional como tú —respondió Leo, suavizando su voz, fascinado por las fluctuantes emociones que se reflejaban en su rostro tan expresivo como nubes en un cielo tormentoso.
Que él hubiera reconocido la intensidad de la emoción que la dominaba la inquietó. La montaña rusa de sentimientos que alteraba