Durante el torneo de Toronto, Marcial me llamó religiosamente todos los días, cuatro veces al día, después de cada juego, al levantarme y al dormirme y cuando estaba en reuniones con los ingenieros que estaban encargados de la ampliación del club y la construcción del estadio, me mandaba emojis y audios de sus besos. Eso me hacía patalear enfervorizada, gritar como loca y sentirme en las nubes, dando vueltas como consumada bailarina de ballet.
Le conté un chiste, incluso: -¿sabes cómo suena