Regresamos a la mansión de los Cárter.
Al llegar, Mía se encontraba allí esperándonos junto a Lucero. Apenas crucé la puerta, sus ojos se encontraron con los míos y, sin decir una palabra, ambas nos fundimos en un abrazo mientras los sollozos escapaban de nuestras gargantas.
—La encontrarán pronto —dijo con la voz quebrada—. Y de ese infeliz me encargaré de que se pudra en la cárcel el resto de su vida.
—Señor, los hombres ya están aquí —anunció uno de los guardias desde el salón—. Me aseguré d