Aziel había decidido que llegáramos juntos a la compañía, sin importar lo que pudieran decir. Era evidente que manteníamos una relación, y no quería que la siguiéramos escondiendo.
Al cruzar la puerta, tomados de la mano, algunas miradas se posaron en nosotros, mientras otras fingían no vernos.
Cuando entramos al elevador, su mano se deslizó con naturalidad hacia mi cintura y dejó un beso cálido sobre mi cabeza.
—Cualquier cosa, llámame. Estaré para ti en un instante —susurró cerca de mi oído—.