Desperté con la tibieza de la luz dorada colándose entre los ventanales. La ciudad aún dormía bajo un cielo teñido de azul profundo y gris, y por un instante no supe dónde estaba. No fue hasta que giré ligeramente la cabeza y vi su silueta a mi lado, que la memoria de la noche anterior me abrazó con la misma intensidad que sus manos.
Aziel dormía boca arriba, con una expresión serena, casi infantil. La sábana cubría parte de su pecho, ese mismo pecho donde me acurruqué después de entregarnos co