Constanza
Pasan al menos diez minutos antes de que Damon y yo salgamos de nuestro asombro y podamos hablar.
—Este otro bebé podría ser mío —susurra.
—Es de Cillian —susurro—. No sé por qué, pero algo dentro de mí me lo dice.
—Maldita sea —masculla, alejándose de mí—. No puede ser.
—¿Estás enojado? Damon, yo no sabía que esto podía pasar. Además, quiero pensar que tú sabías que no nos cuidamos.
—Sí, lo sabía todo —asiente, aunque todavía parece molesto—. Maldita sea, cuando creí que él no podría tener esto contigo…
—Así que te arrepientes de lo que estamos haciendo —digo con la voz temblorosa.
Mi esposo niega con la cabeza y se acerca a mí rápidamente.
—No, no, mi amor, no pienses eso —dice desesperado—. Son los celos los que hablan por mí.
—Pues no quiero celos, no con Cillian —digo enojada—. Me haces sentir…
—Constanza, tú también has tenido tus dudas, tus momentos de debilidad —me recuerda—. ¿Acaso yo no puedo tenerlos? Te amo demasiado, pequeña, pero también soy un ser humano.
Trago