Constanza
Pasan al menos diez minutos antes de que Damon y yo salgamos de nuestro asombro y podamos hablar.
—Este otro bebé podría ser mío —susurra.
—Es de Cillian —susurro—. No sé por qué, pero algo dentro de mí me lo dice.
—Maldita sea —masculla, alejándose de mí—. No puede ser.
—¿Estás enojado? Damon, yo no sabía que esto podía pasar. Además, quiero pensar que tú sabías que no nos cuidamos.
—Sí, lo sabía todo —asiente, aunque todavía parece molesto—. Maldita sea, cuando creí que él no podría