Constanza
Aunque mi intención inicial fue mantener la calma, la desesperación me hace explotar a la semana de la desaparición de Cillian.
—¿Por qué no aparece? —le reclamo a Damon—. No tiene ningún sentido que se haya largado de esta manera. ¿Qué clase de padre es?
—No sé, Constanza, no sé —me responde con irritación—. Por más que me esfuerzo en que estés tranquila, solo te empeñas en seguir gritando. ¿Crees que yo no estoy preocupado?
—Pues no lo creo —le suelto sin pensar—. Tal vez tú lo desapareciste.
El dolor que refleja su mirada me hace sentir la persona más miserable de todo el mundo.
—No, no, amor, perdóname —suplico, pero él niega levemente con la cabeza y se aparta de mí.
—Creo que necesito tiempo, Constanza —me dice—. Ahora soy yo quien te lo pide.
—¿Qué? —jadeo—. Pero…
—No quiero que las cosas empeoren entre nosotros, así que te llevaré a tu departamento y te quedarás allí.
—No, no, te lo imploro, no me castigues así —suplico—. Sé que me pasé, que…
—No es un castigo, es que