Constanza
Me cuesta algunos segundos poder atravesar la puerta, porque me imagino lo peor. Creo que estará con el cuerpo quemado, que le han arrancado alguna extremidad y que nunca volverá a ser el mismo. Sinceramente, a mí no me importa nada de eso, porque lo amo más allá de lo físico, pero verlo privado de alguna capacidad por mi culpa es algo que sé que jamás me podré perdonar en la vida.
—Tiene que entrar, señora —me dice el doctor—. Su marido necesita verla en estos momentos.
—Lo sé —suspi