Cillian
Damon y yo nos vestimos a toda prisa. Yo trato de tranquilizar a Constanza mientras él se encarga de todo lo necesario para llevarla al hospital. Me parte el alma verla llorar tanto y, aunque semanas atrás habría preferido que perdiera a este hijo, hoy no puedo concebirlo.
Ese hijo tiene que nacer para llenar su vida como Damon y yo no hemos sabido hacerlo.
—Mi amor, trata de estar tranquila. Ya revisé, y el sangrado es ligero —le digo mientras la alzo en brazos.
—Todo… esto es mi culpa —solloza—. No debí, no debí…
—No, no digas eso —respondo con voz rota—. Mi amor, no vuelvas a decir que te equivocaste. Tú nos amas, nosotros te amamos.
—Me refiero al sexo —me aclara sin dejar de llorar—. Le exigí demasiado a mi cuerpo.
—Sí, eso puede ser cierto, pero nosotros somos más culpables —replico.
—Ya está. Nos van a recibir en el hospital —dice Damon, corriendo hacia Constanza para tomarla en sus brazos—. Tío, por favor, conduce tú. Yo no puedo hacerlo.
Aunque tampoco me siento del to