—¿Qué?
—Sí, quiero que tu hermano y tú se muden hoy mismo al departamento que compré para ustedes —le informó mientras la sentaba en su regazo—. No quiero que sigas viviendo allí, nena.
—Pero la casa está bien, Cillian —protestó ella, confundida.
Cillian sonrió, pensando que el rostro de Constanza era lo más hermoso del mundo. Cada día que pasaba le resultaba más difícil separarse de ella.
Constanza era su paz, su refugio, sus ganas de seguir adelante.
—La casa sí, pero la zona no —replicó, acar