Cillian
Mi Constanza se queda dormida luego de cenar. La forma en que arruga la nariz cada poco tiempo me causa tanta ternura que siento que todo valió la pena.
Pero no todo puede durar para siempre, y Damon entra en silencio para decirme que tenemos una conversación pendiente, una que quiero tener a toda costa.
—¿Cómo fue que pasó? —le pregunto, incrédulo, cuando salimos—. ¿De verdad el bebé es mío?
—Lo vamos a saber cuando nazca, pero Constanza está convencida de que el hijo es tuyo.
—Yo igual —suspiro—. Por las fechas, creo que sí.
—Pero yo también estuve con ella, así que todo puede ser posible —replica, aunque no parece haber malicia en sus palabras—. Sea como sea, no puedes dejarla, tío. Ella nos necesita a ambos, por más enfermo que eso pueda sonar.
—Sí, Damon, lo sé —asiento—. Esto no es un capricho para ella, es necesidad. Yo también la necesito, y sé que tú también.
—No vuelvas a irte sin decir nada —me pide—. Yo puedo entenderlo, pero Constanza no. Fue muy difícil lidiar co