Constanza
—¿Oferta? —pregunto con tono irónico, pero ella asiente—. ¿De verdad?
—Sí, sí, claro —asiente Amelie con una sonrisa un poco arrogante—. ¿De qué piensas vivir, Constanza? Sé que has vuelto con tu esposo, pero siempre has sido una mujer independiente.
—Sí, desde luego, y por eso ya estoy trabajando en nuevos proyectos —le digo con orgullo—. Te agradezco que te hayas tomado la molestia de venir hasta acá para ofrecerme algo, pero, como puedes ver, ya estoy en otra cosa.
Amelie se quita las gafas de sol y entorna los ojos.
—¿Así que vas a iniciar algo con tu amiga?
—Sí, amiga a la que has rechazado cientos de veces.
—Bueno, por algo sería, ¿no te parece?
—No. Simplemente no te tomaste el tiempo de ver su talento, pero ya no importa. Las personas que sí creemos en ella…
—Vine a buscarte a ti, Constanza, porque eres la única que puede organizar todo justo como lo necesito —me corta, intentando tener la actitud de antes—. Te necesito, y sé que a ti también te encanta tu trabajo.
—