Capítulo 90. ¡No vas a ir a ninguna parte!
La mesa de centro volcada seguía en medio de la sala como un monumento al desastre. El frasco de antiséptico se había derramado, mezclando su olor químico con el aroma metálico de la sangre que manchaba las gasas dispersas por el suelo de madera oscura.
Bruno Ávalos había dejado de gritar.
El silencio que siguió a su orden de cacería total fue, si cabía, más aterrador que su furia. Estaba sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza hundida entre las manos.