171. El juramento bajo las ruinas.
La voz de Esteban Beaumont quedó suspendida en el aire.
Nadie se movió.
Cada palabra parecía haber encontrado un lugar distinto donde herirnos.
Adrián permanecía frente a mí, con una mano aferrada a la mía y la otra ligeramente extendida, formando una barrera instintiva entre ese hombre y yo. Su respiración había perdido el ritmo habitual, aunque su mirada seguía firme, clavada en el rostro del hombre que acababa de presentarse como su padre.
—Eso es imposible.
Esteban sonrió con una serenidad