11. La calma antes del golpe.
El auto de José huele a algo suave, limpio, y durante los primeros minutos ninguno de los dos dice nada, como si el silencio fuera necesario después de todo el día, mientras las luces de la ciudad se reflejan en el parabrisas y yo apoyo la cabeza apenas contra el asiento, sintiendo el cansancio caerme encima de golpe.
—Entonces… —dice él después de un rato, girando apenas el volante—, ¿vas a hacerlo?
Tardo un segundo en entender.
—¿Qué cosa?
—Lo del préstamo —responde, mirándome de reojo—. Deci