Supongo que si Jan realmente estuviera en peligro, un peligro vital, quiero decir, alguno de sus lobos acabaría metiéndose en aquello. Había cambiado mucho mi vida desde aquella primera vez en que las dos moles de hermoso pelaje quedaron sudorosas y ensangrentadas. Había aprendido mucho sobre ellos. Y sobre sus costumbres, sus tradiciones. Sus leyes. Aunque nadie lo diría mientras la adrenalina corría entre ellos y la sangre empezaba a salpicar el suelo, Jan y su padre se querían.
Pero aquello no era sobre sus sentimientos. Sus vínculos. Era por sus manadas. Por la realidad que había entre las sombras. Era un pulso entre dos alfas, cada uno marcando el terreno del otro. Esta vez el padre de Jan no quería que su hijo venciera, que asumiera su responsabilidad con la manada de Sita. De alguna forma pretendía asegurarse que seguía dependiendo de él, especialmente ahora que nos habíamos independizado. Lejos de sus terrenos. Y de su control. Nuestra manada era un grupo pequeño, lobos que ha