Me acurruqué en el sofá, rodeada por el firme brazo de Jan sobre mis hombros. Sally estaba abajo con sus dos amigas, descargando sus frustraciones con los sacos de boxeo. El resto de la manada estaba dispersa en sus propias obligaciones y un rato de tranquilidad relativa era casi un lujo al que ya no estábamos acostumbrados. Recordaba como algo lejano el porche de la pequeña casa perdida en medio de la reserva, el atardecer llegando de forma perezosa, el cambio de los colores sobre el horizonte. La paz que algo tan banal como aquello podía hacerme sentir. Aquellos meses de verano pasados en la reserva, habían sido perfectos. Lo recordaba con nostalgia, como cuando encuentras una fotografía antigua, de una época en la que sin casi ser consciente, fuiste simplemente feliz. Cada vez era más consciente de la felicidad que dan las pequeñas cosas. Las que si no les prestas suficiente atención, apenas valoras. Supongo que el hecho de tener una amenaza como la del proyecto Secreto de los Huma