Me acurruqué en el sofá, rodeada por el firme brazo de Jan sobre mis hombros. Sally estaba abajo con sus dos amigas, descargando sus frustraciones con los sacos de boxeo. El resto de la manada estaba dispersa en sus propias obligaciones y un rato de tranquilidad relativa era casi un lujo al que ya no estábamos acostumbrados. Recordaba como algo lejano el porche de la pequeña casa perdida en medio de la reserva, el atardecer llegando de forma perezosa, el cambio de los colores sobre el horizonte