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—Gracias mamá —susurré mientras me fundía en un abrazo con ella. Su melena dorada caía sobre mis hombros, últimamente lo llevaba especialmente largo.

—¿Hay algo más que necesites? —me preguntó mi padre a unos pasos de distancia.

—No, de verdad, papá —le aseguré mientras me separaba de ese abrazo que parecía engullirme, pese a que mi madre era incluso más canija que yo.

Mi padre estaba imponente, con su camisa blanca que resaltaba su piel negra como el ébano y su pecho amplio, fuerte. Todos esperaban un erudito enjuto, un científico de esos medio loco… algo que en parte también era. Pero mi padre se mantenía en forma, era fiel al lema de mente sana en cuerpo sano y hacía ejercicio a diario. Estaba fuerte, para qué negarlo. Aunque ahora que estaba acostumbrada a vivir entre lobos, su estado físico no me sorprendía tanto. Yo era un poco huesillos, la verdad. No había mucho músculo que rescatar, posiblemente por mi componente de sangre de vampiro. Los vampiros por lo general son esbeltos,
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