—Gracias mamá —susurré mientras me fundía en un abrazo con ella. Su melena dorada caía sobre mis hombros, últimamente lo llevaba especialmente largo.
—¿Hay algo más que necesites? —me preguntó mi padre a unos pasos de distancia.
—No, de verdad, papá —le aseguré mientras me separaba de ese abrazo que parecía engullirme, pese a que mi madre era incluso más canija que yo.
Mi padre estaba imponente, con su camisa blanca que resaltaba su piel negra como el ébano y su pecho amplio, fuerte. Todos esper