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Aparcamos frente al local. No había nadie fuera, pero varios de los todoterrenos de la manada estaban aparcados allí. Tim abrió la puerta y entré seguida por Carla y Diana. Diana miró con los ojos entrecerrados, creo que en estado de alerta, a las personas que había dentro. Lobos. Supongo que su instinto no le fallaba. Desirée estaba en lo alto de una escalera con un cinturón de herramientas descansando sobre sus caderas mientras Nolan estaba en la barra, empezando a rellenar las estanterías vacías con botellas perfectamente alineadas. Hang estaba sin camiseta una vez más, colocando mesas y sillas por el local mientras Sally correteaba en su forma lobuna por el local. Vino hasta mí, para poner sus patas sobre mi pecho a modo de bienvenida. Le rasqué detrás de las orejas mientras no podía evitar sentir la tensión contenida de Diana, a pocos pasos de mí.

—Dios mío —susurró Carla impactada por la visión de Sally, que aunque era una lobita alegre, cariñosa y muy babosa, su enorme volumen y
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