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Ver a mi padre por vez primera, en ese estado, fue un duro golpe. Sentí la presión de la mano de Jan sobre mi pierna. El calor de su cuerpo a mi lado, arropándome. Aquello no había sido una pelea de lobos, eso estaba claro. Su cuerpo estaba maltratado y las cicatrices antiguas se intercalaban con las nuevas. Algo que en un lobo era poco habitual dada su capacidad de cicatrización.

Pero al margen de todas esas heridas, había multitud de heridas puntiformes, como si mi padre hubiera participado en un fusilamiento y él se hubiera ofrecido para hacer de diana. Mi mente vagó por su cuerpo, contando como mínimo ocho orificios repartidos de forma aleatoria. ¿Cómo podía seguir con vida? Era un auténtico misterio. Incluso siendo un lobo. Mi madre estaba junto a él. Velando por él. No tengo claro si fueron horas o fueron días. Anita había estado allí cuidá

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