No hablamos por el camino, no me sentía con ánimos de hacerlo. Estaba nerviosa. De forma instintiva miraba a la gente que nos rodeaba, captando alguna mirada curiosa. Quizás por el hecho de ser turistas. Quizás por el aspecto de Jan, que incluso estando relajado y con una generosa sonrisa en la cara, no dejaba de ser imponente. ¿Cuántos sospecharían que era un lobo? ¿Se preguntaban qué hacía alguien como yo de la mano de alguien como él? Probablemente muchos. Pero cabía una tercera posibilidad. Que alguien me observara recordando a alguien que había vivido allí años atrás. Con unos ojos de rasgos asiáticos, como los míos, pero con el cabello negro azabache, muy diferente al rojo ardiente que yo ostentaba. Nadie nos paró, en cualquier caso. Nos paramos frente a una casa de blancas ventanas. Había un pequeño jardín cuidado frente a él y unas tomateras repletas de rojos frutos bañados por los dorados rayos del sol. Era un pueblo hermoso. Soleado. El lugar ideal para cualquiera persona… q