Las esposas se apretaron alrededor de mis muñecas. Casi podía escuchar el lamento de las mujeres que estaban encerradas en ese lugar, inhalar con dificultad el oxígeno irrespirable del acero de los barrotes, las ratas que pasaban por encima de nuestros pies.
Estuve un día en ese lugar. No, menos de un día y fue suficiente para saber que éramos tratados peores que cucarachas, aprovechándose de los derechos que no teníamos. No podía volver a ese lugar. Y en ese momento, ni siquiera sabía que mi