Lo que vi me heló la sangre.
Mi madre estaba arrodillada en el suelo, presionando con ambas manos el abdomen de Scott, la sangre se desbordaba de entre sus dedos. El mayordomo yacía inmóvil, pálido, con una mancha oscura extendiéndose debajo de su cuerpo. Sus ojos cerrados.
Miré alrededor, con el arma levantada, buscando a Cecilia entre los muebles, oculta en algún rincón, pero no había rastro de ella.
—Se fue —sollozó mi madre, tratando de mantener una expresión firme, determinada, pero l