Las semanas se deslizaron en una secuencia de días y noches que para Jade se sentían como un sueño.
La mansión de Hywell se había convertido en un refugio, un santuario de lujo y pasión. Cada noche, los encuentros entre Jade y Hywell eran un viaje a lo más profundo de su deseo, una danza de dos almas que se habían encontrado en el caos y ahora se aferraban a la intensidad de su conexión. Las madrugadas los encontraban exhaustos, a menudo entre sábanas desordenadas y susurros cómplices, para lue