Cuando Aureliano me llamó para citarme a la salida del trabajo supe para qué era, además lo que me diría.
Al estar en el restaurante bar del centro, a tres cuadras de mi empresa, sentí el tiempo correr demasiado lento. Mi pierna derecha temblaba impaciente y comencé a comerme las uñas por la desesperación.
Cuando un mesero se acercó para preguntarme qué iba a pedir, decidí tomar algo de alcohol, porque se me hizo demasiado tortuosa la espera, así que pedí un vodka doble.
Pasado diez minutos de