En el almuerzo me encontré con la señora Milena de Polat, almorzábamos como lo acordamos días atrás y así poder hablar íntimamente sobre nuestras vidas.
Sentí la comida insípida, aunque eran un filete bañado en salsa de ciruelas, preparado en el mejor restaurante de la ciudad; debía atribuirlo a la conversación que tenía con la señora Milena, pues no se podía hablar de otra cosa que no fuera tristeza pura. Éramos dos mujeres condenadas por el mismo suceso trágico: la muerte de Nidia.
—Y cuéntam