Christian se apartó un poco, todavía mirándome a los ojos con una seriedad que me hizo contener la respiración.
Sonrió apenas y se levantó del sofá para sentarse a mi lado. Mi corazón se aceleró; solo tenerlo tan cerca ya me dejaba nerviosa.
— No voy a tocar a ninguna mujer… no de esa manera — empezó con una voz calmada, casi un susurro. — La única mujer a la que de verdad quiero tocar y besar… eres tú, Ariel.
Sentí la cara arder, sin saber dónde enfiar la mirada. Era una sinceridad tan directa