Corrió entre los viñedos con Anastasia en sus brazos, inconsciente, no se explicaba que le había pasado si apenas unos minutos antes estaba bien. La calma y frialdad que lo gobernaba desapareció un momento, pero al ver a sus hombres su voz se volvió dura al ordenar que fueran por el médico.
—No se queden ahí, vayan por el médico ¡ahora! —su tono era urgente, que sus hombres se movieron de prisa subiendo a un vehículo —tu abre la maldita puerta —con cada paso un miedo que nunca antes había sent