Anastasia se resistía con todas sus fuerzas, pataleando y mordiendo la mano, pero él no se inmutaba. Era como si fuera de hierro, ningún golpe le hacía daño. Su agarre era tan fuerte que le cortaba la respiración. La arrastró hasta el interior de una cueva que se encontraba en medio del lugar que Raphael había organizado tal perversidad.
Cuando al fin la dejó en el suelo, Anastasia dio media vuelta para enfrentarse al sujeto, pero al levantar la vista, sus ojos se abrieron de asombro.
Era Lucia