Yelena
Ni medio segundo tardaron mis amigas en darse cuenta de mi marca.
Después de nuestra intensa noche, Izan y yo entramos al comedor a la vez que nuestro pequeño se iba corriendo con su prima a jugar en su habitación.
—¿No tienes algo que contarnos, Yel? —canturreó Sabri mirando mi cuello mientras me sentaba.
¡Demonios!, tendría que haber ido a mi habitación y agarrar un jersey de cuello alto.
—¿Y tú no tienes una casa donde desayunar, Sabri? —las dos rubias estallaron en risas.
—Yel