Así que…
―¿Quieres que te alivie, mami? ―inquirí con fingida inocencia cuando sus ojos buscaron los míos y el calor flameó en sus iris dorados, en sus pupilas dilatadas.
Tragó saliva y asintió sin poder hablar, presa de la locura que nos unía, de esas largas sesiones en las que el tabú y la conscupiscencia nos hacían cumplir un papel que, en realidad, ninguno de los dos se creía, no en realidad. Pese a que sus orgasmos se hicieron más tentadores, pese a que sus ojos se quedaban en mi rostro cad