―¡Joder, quiero cogerte bien duro, preñarte de una vez y hacerte mía, solo mía! ―aulló con voracidad, justo antes de que el tiempo dejara de existir y se cerniera sobre mí para tomar mis labios.
Nuestras bocas se buscaron con anhelo, su lengua exploró mi sensibilidad, mientras nuestras pieles se fusionaron y nos rozamos con exigencia, sus pectorales duros contra la blandura de mis pechos rebosantes, al punto de lagrimar al mínimo contacto.
Tara se subió al lado, me tomó la pierna, la dobló y me