El sol se filtraba tímidamente a través de las cortinas de la habitación, pero Itzel no mostraba intención alguna de abandonar su refugio. Por alguna extraña razón, prefería permanecer en la habitación, donde los empleados de la mansión le servían las comidas y solo Teo tenía permiso para entrar y quedarse con ella. Marlia, su beta, hacía guardia en la puerta, asegurándose de que nadie perturbara la paz de su Alfa. La curiosidad por saber lo que le sucedía estaba consumiendola, pero prefería da