La rutina establecida era íntima y extraña, si se pensaba bien. Tres multimillonarios, cuatro cuando venía Aidan, con una niña pequeña, dejando a sus esposas para que cotillearan y se divirtieran.
Tina sabía que no era lo habitual en las esferas en las que estos hombres se movían, donde el dinero compraba casi todo. Podrían pagar ayuda suficiente. Pero los hermanos preferían pasar tiempo juntos, y no había burlas entre ellos que pudiera engañar a nadie. Priorizaban el contacto familiar por sobr